EL TEMA DE NUESTRAS NARRACIONES

O cómo escribir relatos con sustancia

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¿Te has preguntado alguna vez de qué van tus relatos? No en general, me refiero, sino cada relato en concreto. ¿Has terminado de escribir y te has preguntado qué (demonios) querías decir con eso?

Sí, como te imaginas es una pregunta trampa.

Y tiene segunda parte.

Bien: supongamos que te has hecho esa pregunta. ¿Qué te has respondido? Piénsalo.

Si a la pregunta de qué quería hablar en mi relato, o de qué va mi relato, te has respondido con un resumen del argumento, de lo que pasa, tengo malas noticias para ti.

  1. O bien necesitas pensarlo un poquito más, y extraer el fondo, la esencia, a partir de eso que les pasa a tus personajes
  2. O bien, en el peor de los casos, no hay más cera que la que arde, y tu relato se limita a poner en movimiento a los personajes, a obligarles a actuar, a moverse, sin un objetivo de fondo, por así llamarlo.

Quizá suene un poco tonto decirlo, pero os aseguro que obedece a una necesidad observada empíricamente en muchos de los textos que caen en mis manos: toda narración debe tener un tema de fondo.

Un tema esbozado de antemano, en nuestra planificación. Lo que significa que hemos tomado la decisión de hablar/pensar sobre algo con nuestras historias. El tema de nuestras narraciones es lo que les da una corriente de significado interno que mantiene cohesionado el contenido, lo que nos facilita que todo resulte coherente.

No me refiero a que los textos tengan una moraleja, o moralina, o un objetivo adoctrinador, ni nada de eso. Me refiero, insisto, a que hablen de algo, a que exploren algún concepto más allá de que James Bond desmonte el tinglado de tráfico de armas del malo maloso de turno. El amor, la soledad, la vida, la envidia, la cólera y sus efectos, el miedo, la pérdida, las enfermedades venéreas… Se trata de dar una carga de profundidad, de contenido a nuestras historias, más allá de la pura acción.

El tema es ese regusto que se queda en el paladar después de leer la aventura. Es lo que nos mueve a reflexión y, con algo más de suerte, a emocionarnos.

Por supuesto, no es necesario ponerlo en palabras, ni por el narrador ni por los personajes. Es más, debería estar prohibido enunciar el tema de la historia en voz alta.

El tema es más bien como un faro: está ahí, para que lo pinte Hopper, en lo alto del acantilado. La luz que emite no nos vale para iluminar el camino que tenemos delante, no para evitar los tropiezos de la marcha. Su luz nos sirve para que sepamos que caminamos en la dirección adecuada, para ayudarnos a trazar el rumbo hasta nuestro destino, sin perdernos, ni alejarnos demasiado, ni estrellarnos contra las rocas.

Mantener en mente el tema del que queremos escribir evita que nuestros personajes se distraigan de sus conflictos y tomen derivas peligrosas.

Sí, ya sé: es súper guay cuando estamos escribiendo y un personaje sale por peteneras. Y demuestra que tiene vida propia, toma decisiones, se demarca de nuestros designios, y bla bla bla. Que nuestros personajes se pongan creativos, lo que pasa a menudo cuando escribimos, puede tanto aportar cosas buenas, como arruinar nuestras narraciones.

La pregunta que hay que ser capaz de hacerse cuando esto sucede es: ¿me aleja esta novedad del camino que había trazado? ¿Se sale del tema?

Si la respuesta es NO, y todo se mantiene dentro de la linea coherente, avanti!

Y si la respuesta es , mi recomendación es que anotes la idea en ese cuaderno que todo escritor debe tener a mano, pues puede ser un germen excelente para otra historia, y que continúes escribiendo tu novela.

Pero, a lo que iba: nuestros relatos deben hablar de algo, explorar algún concepto más o menos profundo; alguna idea que quizá, con suerte, pueda aportar algo al lector, más allá del puro entretenimiento, de la intriga, o de la emoción.

Espero explicarme bien: no se trata de que por obligación debas desarrollar una tesis doctoral, filosófico-existencial-judeomasónica-carpetovetónica en tus historias. No es eso.

Se trata de que tus relatos tengan más enjundia, que no sean algo parecido a esas conversaciones sobre el tiempo o sobre la crisis que mantenemos en los ascensores.

Créeme: si te lo digo es porque es dolorosamente frecuente encontrarse con textos que, en realidad, no hablan de nada. Y estos, my friend, no son más que una pérdida de tiempo, de recursos, etc. Y además nos dejan esta cara

y nos provocan arrugas y otros desastres.

Pues eso.

Corto y cambio.

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LA ESTRUCTURA DE LA NOVELA I

Habíamos empezado a hablar del estilo y de los personajes, y nos faltaba el tercer pilar fundamental de nuestras novelas: la estructura.
La estructura es la distribución y orden de las partes de algo (DRAE).
Los lectores, —tú también te habrás dado cuenta— agradecemos un montón que los textos presenten cierto orden. Para empezar, la distribución del material de la novela en partes, capítulos, escenas; prólogo, epílogo, etc., o estructura externa, facilita la comprensión de lo que leemos. No te digo nada de lo que facilita el trabajo a la hora de escribir.
Merece la pena dedicar un tiempo a trazar la estructura, por básica que sea, antes de sumergirnos en la escritura. Pero, evidentemente, cuando hablo de dedicar tiempo a pensar en la estructura, no me refiero a pensar en cuántos capítulos va a haber o cómo se van a titular. Me refiero a algo más profundo, o interno.
A lo me refiero es que hay pensar qué vamos a contar, y/o qué queremos contar con nuestra historia.
La primera división, por todos conocida, que hace referencia a la estructura de un texto es el famoso planteamiento, nudo, desenlace. Ya Aristóteles en su Poética habló de esto. Si dividimos nuestras historias en tres actos, veremos que se corresponden a esta división primaria: el primer acto es el planteamiento, donde sentamos las bases del relato; el segundo acto suele servir para desarrollar el nudo (y arranca con el primer punto de giro, te lo digo para que te vaya sonando); y en el tercer acto se suele recoger lo acaecido en el nudo, de modo que nos conduzca al desenlace.
Bien. Ni que decir tiene (¿o tal vez sí?), que todo esto corresponde a un esquema clásico de novela. Las formas de la posmodernidad han tratado de superar este esquema y de encontrar en la ausencia de estructura —historias fragmentarias, sin planteamientos, ni nudos, ni desenlaces, ni argumentos premeditados, en teoría— una nueva estructura. Si lo logran o no, es otra historia.

La pregunta del millón ahora es:
…pero, planteamiento, nudo y desenlace ¿de qué?
Y aquí es cuando se hace necesario hablar de las tramas.

Nuestras historias se componen de una secuencia de acontecimientos, que arrancan con un planteamiento y terminan con el desenlace: el final, the end. En función del tipo de relato que queramos contar, esta secuencia encerrará más o menos acción. A dicha acción pura, para entendernos, la llamaremos argumento.
En un esquema compositivo clásico, la estructura principal de la novela, (argumento, hilo conductor, o trama principal) la formarán la secuencia de acciones que realiza, o en las que se ve envuelto, el personaje principal y que componen una historia. Estas acciones constituyen un esqueleto que da forma a la novela.
En las novelas de acción, la trama principal será más abundante. Es decir, si nos pusiéramos a contar palabras, la mayor parte de estas narrarían las acciones que envuelven al prota.
En las novelas cuyo objetivo no es tanto contar una historia de acción, sino promover la reflexión, crear una impresión estética, etc, veremos a los personajes envueltos en palabras que no impliquen tanta acción. A todo esto, a la corriente de significado que subyace a la historia “principal” y que narra la evolución interna, psicológica, emocional, del personaje la llamamos subtrama emocional o trama secundaria. (Ojo, no confundir con historia secundaria).
La estructura de la novela, ese hilo conductor que induzca al movimiento de los personajes, suscite sus conflictos y sus deseos, espolee sus acciones, suele depender en primera instancia de la trama principal.
Por pocas que haya, y someras que sean, son las acciones de los personajes —organizadas de modo que cuenten una historia—, las que soportan y dan estructura a la novela.
Cuidado: somera no quiere decir débil, ni es un presentador de la tele. atrapapeq

Somera quiere decir liviana. Por poner un ejemplo harto conocido: mojar una magdalena en una taza de té es una acción somera; desembarcar en las playas del Normandía el día D podría considerarse una acción un poquito menos somera. Y, sin embargo, esa acción de la ultrafamosa magdalena da sostén argumental a un monstruo enorme de subtrama emocional.
Ya sé que he simplificado todo demasiado, pero espero que me hayas comprendido. Si no lo has hecho, quizá sea porque necesitas leer a Proust, En busca del tiempo perdido, Vol I: Por el camino de Swann.

Así pues, yo si fuera tú y quisiera empezar a definir la historia que quiero contar en mi novela, empezaría a pensar cuál va a ser la trama de acciones o trama principal, qué va a pasar, con la clara intención de conformar con estas acciones una estructura sólida de la que poder colgar todo el resto de elementos que hacen que las novelas valgan la pena (descripciones, reflexiones, historias de amor, sexo y masoquismo, soflamas políticas, recetas de cocina, etc).
(Esto es un poco en broma, por si todavía no te habías dado cuenta: ya os sermonearé con qué cabe y qué no cabe en una novela).

Ahí va un ejemplo muy de moda: un clásico ejemplo de trama principal son las pesquisas del detective de la novela policíaca-negra en pos de aclarar quién mató al cadáver que hemos presentado en el planteamiento. Mientras él investiga, su vida sigue y podemos contar cómo se enamora de la sospechosa buenorra, cae en sus redes; pero comprende al final que necesita una vida buena, así que renuncia a la buenorra y vuelve con Mari Carmen, su novia de toda la vida… Los tópicos son útiles a menudo para explicar la realidad.

Quizá, llegados a este punto, te estés preguntando cuántas acciones hacen falta para conformar este esqueleto. De eso hablaremos en la siguiente entrada sobre la estructura, pero te adelanto que al menos necesitas tres: los tres puntos de giro.

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¡BUENAS NOTICIAS, ESCRITOR!

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En los tiempos que corren no es fácil que nos den buenas noticias, y menos todavía si eres escritor. Que si los libros no se venden, que si nadie lee más allá de 120 caracteres; que si solo publican los presentadores de televisión, que si la abuela fuma… Poner el telediario se convierte en un deporte de riesgo. Sin embargo, tal día como hoy, y a pesar de que estamos en septiembre, vengo a darte una buena noticia, sobre todo si quieres convertirte en escritor; si ya lo eres, es mejor que dejes de leer, porque ya te habrás dado cuenta tú solo de lo que voy a decirte y estarás muy ocupado…

¿Estás preparado?

Bueno, allá va:

Un escritor no se aburre nunca

 

¿Cómo se te queda el cuerpo? ¿Esperabas otra cosa, del tipo: conozco un multimillonario que busca convertirse en tu mecenas; o el Ministerio de Cultura va a crear chorrocientas becas anuales de creación para escritores?
Si te has quedado decepcionado te invito a que te detengas a pensar un momento en esto, que en realidad es un pensamiento revolucionario que puede cambiar tu vida.

Vale, lo mismo me he puesto estupenda con eso de revolucionario, pero te aseguro que sí que es algo que puede cambiar tu vida.
Ya te habrías dado cuenta de ello a estas alturas, si en tu fuero interno te consideras un escritor (aunque te mueras de vergüenza de decirlo en voz alta): la vida es la materia de la que se nutren las novelas. Todo está en la realidad. Los cerebros prodigiosos recogen esas percepciones nuestras de cada día, las mezclan, las rumian sin querer, las devanan. Si consiguen dejar de navegar por Internet, se sientan a trabajar y nos ofrecen esas maravillosas novelas, o relatos, cuya lectura consigue cambiarnos, hacernos creer por un momento que somos otros o que podríamos serlo; o que estamos en otro lugar, en otras pieles.
Ahí lo tienes: el misterio a tu alcance. Las ilimitadas costumbres, gestos, conductas, situaciones que viven los seres a tu alrededor cada día, a cada momento. Tus propias percepciones, reacciones, conductas ante la forma de actuar de los demás contigo. Todo es materia para la imaginación, y objeto del interés de un escritor.

Si quieres aprender a escribir hay que aprender a mirar primero. A escuchar. Qué dichos o gestos de tu suegra te cabrean más. Cuántas veces repite tu cuñado la palabra “yo”. Cómo la abuela mantiene su propia conversación aparte, eterna y paralela, durante la cena de Navidad, aunque hayáis cambiado de tema mil veces. Aprender a escuchar.
Si tienes la conciencia de que debes afinar la vista y el oído, de que a tu alrededor palpitan ya enteritos y con vida propia esos miles de detalles que harán de tus novelas algo excepcional, es imposible que te aburras viviendo. Lo que no quiere decir que no te vaya a tocar soportar situaciones aburridísimas. Esa es la buena noticia: incluso en esas situaciones tienes mucho con qué entretenerte. Y si no hay nada alrededor que escuchar, fisgar, espiar, etc, mírate, escúchate, espíate a ti mismo. Lo mismo te sorprendes.
Si le coges el tranquillo, a lo mejor no necesitas encerrarte en casa a jugar con la video consola o a ver la televisión. Incluso puede que tu cerebro no se quede en standby mientras tanto y veas ésta con nuevos ojos científicos. Y, sobre todo, humanos. Porque ese es el interés que late o que debe latir en tu afán por escribir: aprender sobre lo humano, mostrar cómo somos, hacer arte con la vida, convertir la vida en arte.
Es rentable y, además, es divertido.
¿Todavía no te ha pasado nunca que se echen a reír los comensales de la mesa de al lado y tú con ellos, mientras todos los de tu mesa te miran muy, muy serios?
Pues entonces es que todavía no eres escritor.

viejalvisilloTú no cuentes ná, que ya lo cuento yo en una novela

Las personas oscuras, pesadas, malignas, o sencillamente peculiares son auténticos filones; y sus conductas, guías de composición del personaje. Así que deja de chasquear la lengua con fastidio cuando te cruces con uno de estos; no hagas caso a tu ego, a quien agravia su presencia: observálo, quédate con sus detalles, con sus palabras maleducadas o egocéntricas, con sus comportamientos tontos, egoístas o incluso perversos… Ya te vengarás, ya. Tal vez creando un personaje redondo a su costa.

Es posible que, a partir de esta observación, nuestra opinión acerca del ser humano empeore, aunque si somos inteligentes es probable que nos demos cuenta de que no hay demasiada diferencia entre las manías de los demás y las propias. Es decir: que también nosotros hemos podido inspirar a algún personaje tipo Mr Scrooge, Cruella de Vil, o los Dos tontos muy tontos, en varios momentos de nuestras vidas. A lo mejor tu empatía y compasión hacia los semejantes aumente y te conviertas en mejor persona. Y así, acumularás Karma positivo y, ¿quién sabe?, quizá encuentres editor.
Pero sobre todo habrás aprendido, disfrutado del camino y le habrás dado una patada en el culo al aburrimiento. Con esto sí que puedes contar.

¿Te has aburrido con esta entrada? Pues déjame que te diga que así no vas por el buen camino.
Es broma.
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LO QUE RAFI QUIERA

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He visto este video de Elizabeth Gilbert varias veces. Cada vez me gusta más lo que dice y cómo lo dice. Así que hoy he decidido empezar a cuidarme y a delegar presión. Y ahí es donde entra Rafi.

Te presento a Rafi. Ha venido a ayudarme a mantener mi cordura. He decidido hacerle un hueco en mi hogar y permitirle que me acompañe, que se acostumbre a mí, el tiempo que quiera quedarse.

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Rafi es mi genio creativo. He decidido bautizar así a esa musa esquiva que me dicta las ideas al oído. Las buenas y las malas. Que a veces se presenta cuando nadie la llama ni puede atenderle; o hace caso omiso de mis llamadas si me siento frente al ordenador, con la intención de escribir la gran novela española de todos los tiempos y entrar en el [typography font=»MedievalSharp» size=»24″ size_format=»px» color=»#e60712″]CANON[/typography] con zapatos y todo.

Seguro que tú, si escribes con cierta frecuencia, también has experimentado ese momento de magia: estás concentrado delante del ordenador, los dedos se mueven rítmicamente. Sabes qué tienes que escribir; o mejor dicho, sabes adónde quieres llegar, aunque desconozcas cuáles van a ser las palabras exactas, la escena detallada, los movimientos concretos de los personajes. Sin embargo las palabras fluyen al ritmo preciso de las ideas, y pronto el tiempo ha fluido y el capítulo, o el relato, está terminado. La primera versión. A veces, al día siguiente o al otro, cuando repasamos lo escrito nos quedamos sorprendidos: ¿fumé algo que no recuerdo?, piensas, ¿esto lo he escrito yo?

file261287264187balloon-boy¿Recuerdas?

A mí me ha pasado varias veces: en concreto una, o ninguna.

Es broma

Mi conclusión ha sido una lección de humildad: la esencia de lo que escribimos reside en nuestro subconsciente.
Creo firmemente que un día la ciencia descubrirá cómo funciona, aunque no tengo claro que esto sirva para algo. (Mira a Freud). Seguiremos percibiendo cientos, miles, de estímulos al cabo del día gracias a nuestros potentes receptores sensitivos, y esa máquina de análisis, integración y almacenamiento que es nuestro cerebro seguirá conservando las que le dé la gana sin preguntarnos nuestra opinión, sin contar nada más que con Rafi, al parecer.
En esa primera etapa de la escritura, cuando las ideas fluyen, o cuando escribimos desde la página en blanco, es cuando lo que tenemos dentro sale de forma más pura, sin censores. En mi opinión es una fantasía pensar que controlamos algo en ese proceso. Es cierto que después no queda más remedio que reescribir, que pulir ese bloque de piedra que a veces es el primer borrador, hasta extraer de él la narración, y que eso sí que tiene que ver mucho con nuestro trabajo, con la perseverancia, con el oficio en definitiva.

Se me ocurre que quizá el talento resida en dicho subconsciente ingobernable. Por eso es una buena idea dejarse llevar, escribir sin más, ceder a Rafi el presunto control de la situación y compartir con él tanto el éxito como el fracaso de nuestros proyectos. Acudir a la cita diaria con esa vocación que nos hace felices, nos dé de comer o no, y dejar que sea lo que Rafi quiera.
Así que, al final, se trata de humildad y de ponderación. De amor propio y de sensatez. Es nuestro ego quien sufre, quien nos susurra que no somos lo suficientemente buenos, o que, por el contrario, somos la h****a en vinagre. Por lo general, tenemos nuestros momentos de gloria y nuestros momentos patéticos, y ninguno de ellos suele depender por completo de nuestra corteza cerebral. Es algo así como si nuestro tío de américa, cuya existencia ignorábamos, nos deja una herencia multimillonaria y nosotros nos atribuimos el mérito. O si me recrimino frente al espejo lo tonta que soy por ser rubia.
Cuando cuajamos un buen texto, a poco que recapacitemos, nos daremos cuenta de que en él han influido un montón de factores, de los cuales somos directamente responsables nada más que de una pequeña parte: sentarnos a escribir, perseverar hasta el final sin mirar el móvil, ni Facebook, corregir después para que quede lo mejor que podamos. Y poco más. Al resto le llamaremos Rafi.
¿Y para qué es útil Rafi? Para no convertirnos en mitos de nosotros mismos, en fantasmas depresivos que se lancen a los brazos del alcohol, o de las drogas, para crear. Hay gente que opina que para escribir hay que sufrir, que los felices tienen poco que contar. Yo no creo tanto en esa versión tremenda del cuento. Crear es un proceso complejo que requiere profundidad en la mirada, y sí, a poco que nos fijemos es posible que nos demos cuenta de que la realidad no se parece al mundo de Mi pequeño pony. Comprendo que ese dolor se quede dentro y salga a flote en nuestras creaciones (el subconsciente nos habla con relatos) y que nosotros no opongamos resistencia a eso, sino que, al contrario, lo utilicemos incluso como catarsis, como método de autoconocimiento. Pero de ahí a sufrir como bellacos, y tener que emborracharnos o fumar cosas raras o vivir como Diógenes…, sobre todo cuando nos percatamos de que la perfección es algo que queda lejos de nuestros empeños. Las cosas no suelen ser como nos gustaría que fueran. En un mundo ideal los palestinos tendrían su país y podrían vivir en paz, papá Noel o los reyes magos existirían de verdad, los mosquitos no necesitarían sangre humana para vivir y nuestros relatos y novelas serían siempre perfectos y gustarían a los editores. Pero no es así. Así que mejor contar con Rafi.
No para culparle por lo que sucede en Gaza, sino para darnos cuenta de que la perfección no existe y de que no podemos soñar con controlar todas y cada una de las variables que conforman el mundo. Ni nuestros relatos.
Lo que nos queda es levantarnos temprano, hacer el trabajo que amamos. Por amor propio, sí, pero también por dejar algo digno y, tal vez, bello a otros seres. Intentar que el proceso nos procure algo de felicidad y luego disfrutar del tiempo libre.
Y es así, cuando soltamos esa presa de entre nuestras mandíbulas, cuando es más probable que nuestra escritura fluya como néctar traído por los dioses y consigamos textos intensos y bellos, vibrantes, palabras que merezcan la pena. Esos relatos que dejan en la boca un gusto dulce, y esa tensión en las palmas de las manos que se siente cuando uno está leyendo, o cuando vemos u oímos, algo bueno de verdad. Olé.
Así que os presento a Rafi y espero que esté por aquí con frecuencia y deje su feliz impronta, para bien o para mal, de ahora en adelante.

Te recomiendo que veas el video: ella lo dice mucho mejor que yo y además practicarás tu inglés. Si te gusta, ¡compártelo con otros! Please.

RECOMENDACIONES ANTES DE PUBLICAR NUESTRAS NOVELAS (II)

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2- Repasa bien tu texto

Pongámonos en situación de soñar. Es verano y luce un sol maravilloso. Es un sol bonachón contra el cual no hace falta defenderse ni siquiera en las horas centrales del día, pues los UVA no queman tu piel, y el melanoma no existe. Te balanceas en una hamaca con un mojito en la mano. Ante tus ojos, una playa de aguas cristalinas, sin algas, ni mosquitos, ni peces que asusten. Podrías incluso animarte a darte un baño sin tener que mirar a la orilla, porque a nadie se le ocurriría robarte la cartera ni el móvil. Sopla una brisa fresca y solo se escucha el roce de las hojas de la palmera y el suave batir de las olas. Te sientes feliz y relajado: te mereces ese premio. Acabas de terminar el primer borrador de tu novela. Ya puedes llamarte escritor, darte palmaditas en la espalda y felicitarte. Y eres tan, tan bueno que estás seguro de que no te hace falta ni siquiera releerla una sola vez. Sabes que tu historia es potente, que será un best-seller, que ha nacido de pie, así que no piensas perder el tiempo con correcciones. ¡Claro que no! Ya tienes experiencia, con todas esas redacciones del cole, los trabajos de la facultad, y los trillones de cartas de presentación para encontrar un curro…

(Haz click aquí antes de continuar)

Si de verdad quieres asegurarte de que no vas a perder ni tiempo, ni dinero, ni energías lo más eficaz es cerciorarte de que estás enviando una buena novela. O al menos la mejor novela que seas capaz de escribir en ese momento.
Y para ello no hay más remedio que la retomes desde el comienzo. Eso sí: con una mente abierta y el ánimo dispuesto a reescribir todo cuanto en conciencia sea necesario para mejorarla.

Te cuento la secuencia ideal, verás qué diver:

  1. -Una primera vuelta para escribir el borrador.
  2. -Una segunda vuelta: leerlo de corrido, tomando notas precisas de lo que debes corregir. Si la novela no está del todo mal, es posible que termines la lectura antes de sentir vergüenza ajena la imperiosa necesidad de sentarte y empezar a reescribir. Sí, sí, has oído bien: reescribirla. A veces de cabo a rabo.
  3. Un tiempo de reposo. Una vez terminado el segundo borrador lo mejor es dejarla en un cajón entre 1 y 3 meses. En los cuales te está permitido irte a la playa de antes y fantasear. O encerrarte en un monasterio. O empezar un MBA, irte de cooperante y hacer algo de veras útil. También puedes quedarte en casa y seguir con tu vida normal, que ya te dará suficientes quehaceres para que no pienses demasiado en tu novela. La idea es que, cuando pasen esos meses y la leas de nuevo, ya hayas adoptado cierta distancia con ella.

¿Que cómo se nota que has tomado distancia? Hay una señal inequívoca. Te sorprendes a ti mismo pensando:

¿De verdad lo he escrito yo?

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o bien:
¿¿¿De verdad lo he escrito yo???

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4- Una tercera vuelta. Con un poco de suerte, solo necesitarás corregir detalles superficiales. También ya obtendrás una idea más clara del verdadero valor de lo que has escrito.

Su has llegado hasta aquí te mereces una ovación: ¡¡felicidades!! Nadie podrá discutirte que eres un escritor. Ahora llega el momento de la verdad, el momento de la autoestima y de sacarle brillo al criterio.
Nadie pone en duda el valor de tu esfuerzo, ni de tu aprendizaje al escribirlo; incluso el valor del manuscrito en sí. Pero para ser realista debes analizarlo con frialdad y sin autocomplacencia. Compáralo con tus autores favoritos, por ejemplo. No hagas trampas: todos saldríamos ganando si nos comparamos con Dan Brown. Tampoco hagas trampas masocas y te compares con Nabokov o con Cervantes. Suele ser ajustado a la realidad que pienses algo así como: mmmm, vale: no es una obra maestra pero es digna de ser leída y valorada por otros.
Tampoco pasa nada si el auto-veredicto XVI es: me lo he pasado genial escribiendo pero ni harto de Jumilla le enseño esto a nadie.
Vuelve a la hamaca, fantasea y proyéctate en el futuro, dentro de veinte años. Estás vestido de gala, dando el discurso del premio Nobel: ¿seguirías orgulloso entonces de esa novela? Si la respuesta es un sí contundente, si te sigue gustando, y sigues creyendo en tu relato, ya podrás pensar en pasar a la siguiente fase.

Y ahora: ¿todavía te sorprende que haya quien tarda diez años en dar por concluida su novela y en atreverse a enseñarla?

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Un tren reloaded

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¿Te imaginas un túnel largo, muy largo, casi tanto o más que un año? Uno de esos túneles de parque de atracciones, con las paredes forradas de papel de aluminio y celofanes de vivos colores, con luces que pueblan de brillos todos los dobleces y que te deslumbran al principio y un cohete espacial colgado de un hilo a lo lejos. Uno de esos túneles que te hacen abrir la boca cuando entras, y que te duela el cuello de tanto girar la cabeza para no perderte nada, mientras el vagón avanza. El tiempo pasa, y todo lo cambia. El túnel se transforma en un día cualquiera, y es lunes y llueve y hay trabajo pendiente. De pronto, ya el viernes se ha convertido también en un domingo cualquiera, plácido y con nombres. Y suena el teléfono, y el impacto impide que se escuche siquiera el traqueteo, y todo se vuelve negro. La vida, una mina de carbón. Hay dolor y adioses, o no los hay, pero se los teme. Y el negro pasa al blanco. Una enfermera te despierta de madrugada para cambiar el suero, tomar la temperatura, pinchar un calmante. Y hay manos que se agarran, y besos, y buenos deseos de recuperación, y un poso de miedo que se aviva, como un rescoldo al soplar sobre él. Y cuando vuelve el día, nieva en Madrid, y te escribe un amigo. Corres por la ciudad, tomas un café, ríes un poco y cuando miras por la ventanilla, el interior del túnel está cubierto por páginas de libros, donde Aureliano Buendía descubre esa nieve que ya no existe, porque hace tiempo que pasó la estación de Macondo, y la de Comala, y…
Por fin un buen día amaneces en casa. El campo a la carrera detrás de la ventanilla. Los prados infinitos alfombrando el camino hasta la cordillera. La promesa del mar. El arrullo de la vida al contar raíles. Me arrebujo en la manta, en el asiento. Un niño saluda desde su bicicleta. Le devuelvo el saludo, más una sonrisa. Pego la frente a la cristalera. Mi casa es este tren y hoy pasa de nuevo.

LA CONSTRUCCIÓN DE PERSONAJES (I)

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Además de la estructura y del estilo, el tercer pilar fundamental que sustenta a las buenas novelas es la construcción del personaje.

Los personajes, no descubro nada nuevo, son funciones dentro del texto. Es decir, existen porque tienen una función que llevar a cabo: servir de agentes para que podamos contar la historia. Espero que nadie se ofenda por esta visión utilitaria de estas personitas (pues terminan por tener una verdadera vida que traspasa el papel, en el mejor de los casos, y se instala en el imaginario individual o colectivo). Me parece importante que cuando planteamos una novela pensemos así.

Esto quiere decir que al igual que seguro que nos damos cuenta, por bisoños que seamos, de que es importante tener un buen argumento, sólido, en el que los cabos queden atados; al igual que somos capaces de entender que la historia debe estar bien narrada, con una buena estructura; al igual que no nos cabe la menor duda de que la prosa debe ser, cuanto menos, correcta (salvo los que con mucho cinismo apelan a la figura del corrector de estilo y se atreven a mencionar a Gabo, como ejemplo con el que compararse, que haberlos haylos) al igual que todo lo anterior, como iba diciendo, debemos entender que es vital una buena construcción de los personajes. Y no solo hacer que se muevan como locos de aquí para allá, que digan lo que el lector tenga que saber, o que les pasen desgracias o sueños de amor y lujo.

En primer lugar, necesitamos escoger un protagonista a la altura, un personaje más grande que la vida (como decía Albert Zuckerman). Y luego entender bien qué va a pasar en la novela y qué agentes tendremos que incluir para poder desarrollarla con éxito.

Aquí viene la pregunta del millón: ¿preparados?

[highlight]¿Qué es tener éxito con una novela? [/highlight](Elige una o más opciones)

  1. Ganar un importante premio literario, tipo Planeta.
  2. Ganar un importante premio literario, tipo Nobel.
  3. Conseguir un contrato con un agente literario de esos que sacan las uñas por ti y te alojan en su casa y te hacen hasta la comida y la cama para que puedas concentrarte en escribir.
  4. Vender mogollón de libricos y forrarse.
  5. Salir en las tertulias de la tele, por polémicos, descarados, pornográficos o porque nos metemos con la monarquía, con la Iglesia, etc.
  6. Que los críticos serios te pongan de moda y ganes premios de esos sin dotación, y todos digan que ya tienes un hueco en el [typography font=»MedievalSharp» size=»24″ size_format=»px» color=»#e60712″]CANON[/typography] .
  7. Conseguir que te publiquen.
  8. Lograr que la mayoría de los lectores que empiecen su lectura lleguen hasta el final sin esfuerzo y hasta con ilusión.

Yo he marcado la 5.

Es broma.

Para mí la primera de todas, desde el punto de vista del que quiere ser un buen escritor (aunque también quiera ser otra cosa: tertuliano, por ejemplo, o Rockefeller), es la opción 8.

 Os la repito:

[quote]“Lograr que la mayoría de los lectores que empiecen su lectura lleguen hasta el final sin esfuerzo y hasta con ilusión”[/quote]

Éxito es conseguir crear lo que John Gardner (gurú de gurúes en lo que a escritura creativa se refiere, y de quien hablaré mucho; pero mucho, casi más si hubiera sido mi novio) llamaba el sueño de la ficción. Seguro que lo has sentido: eso que se produce con las buenas novelas, que desde las primeras palabras te sumerges en la historia sin que nada pueda sacarte de ella mientras lees. E incluso luego, cuando estás en el trabajo y no puedes dejar de pensar en el prota y en su conflicto, y estás deseando regresar a casa y enganchar el libro.

A eso me voy a referir aquí cuando hable de triunfar con una novela.

¿Significa esto que todo lo demás, lo del Planeta, el Nobel, el canon, el sálvame, etc., está mal o me parece mal? Pues claro que no. Es más: diría que en muchas ocasiones los que han llegado a lo anterior es porque, por h o por b, han conseguido escribir alguna novela que de esas que no podemos soltar.

 ¿Tú también te has dado cuenta de que me he ido de tema? Estaba hablando de los personajes. Para escribir una de esas novelas lapa hay que elegir buenos personajes.

Los buenos personajes son aquellos que resultan necesarios y convenientes para contar nuestra historia. Deben reunir las características adecuadas para resultar verosímiles en el papel que les demos. Por ejemplo, si en un golpe de gracia se te ocurre la idea de un jovencito que adquiere superpoderes porque le pica una araña radiactiva, lo que le transformará en un superhéroe dispuesto a salvar a la humanidad, aún a costa de su propia vida, este jovencito tendrá que demostrar desde el principio que puede ser valiente, heroico, generoso, audaz, etc. Ojo que he subrayado eso de que puede ser, porque el personaje puede no serlo del todo en el comienzo, y sí al final: el cambio del personaje es uno de los elementos fundamentales de toda buena novela. Pero aunque narrar este cambio sea casi nuestro objetivo, la potencialidad para el mismo debemos construirla desde el principio, a través de indicios. Hablaremos más, mucho más, de esto.

Entonces, y para ir al grano, para dar un par de pinceladas en cuanto a la creación de personajes, diré que si queremos tener éxito con nuestra novela tendríamos que pensar entre otras cosas en:

  • Un/a prota carismático, con un conflicto poderoso e interesante, o una posición interesante con respecto al conflicto principal. Con sus virtudes y defectos, una biografía verosímil que lo sustente, un deseo y algunas contradicciones.
  • Una colección de secundarios vivos, construidos con las pinceladas justas y necesarias; conscientes de su función, que sean útiles para nuestra historia antes que para nuestro ego/capricho. Aunque si pueden satisfacer a ambos, mejor que mejor, que tampoco estamos aquí para sufrir.

 Continuará…

¿Tienes dificultades con tus personajes? Déjame un comentario.

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ESCRIBIR UNA NOVELA: la planificación

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¿Qué pensabas? ¿Que uno se sienta, pone los dedos en marcha, y la novela sale sola, sin pensar? ¿Sí? Lamento ser la aguafiestas de turno, pero no creo que esto suceda con demasiada frecuencia, salvo a esos que dan asco. Y menos todavía cuando empezamos a escribir.

Cuando somos bisoños, y todavía no sabemos muy bien cómo va esto de montar una novela, trazar un diseño previo resulta imprescindible. Nos ayuda a ordenar las ideas, a delimitar lo que queremos que aparezca, a organizar los acontecimientos con coherencia para no meter la pata (con repeticiones, o con olvidos, por ejemplo). Además, nos ayuda a conocer mejor la historia y los personajes; a interiorizarla, para que luego brote más fluida la escritura. El fruto final de la planificación de la novela es el mapa de la misma: la sinopsis por capítulos. Esta nos ayuda a organizar el material narrativo por orden de presentación en la novela (que no tiene por qué ser el cronológico: hablaremos de ello). El resultado es una guía que resulta muy eficaz para que comprobemos el equilibrio global de nuestra novela, pero sobre todo, para que sepamos qué tenemos que escribir después.

Créeme: es muy desesperante terminar un capítulo, sentarte al día siguiente, lleno o llena de ilusión, con la música de Rocky en nuestra cabeza, y encontrarte a los diez minutos con que no tienes ni idea de por dónde seguir escribiendo. Otras veces lo que ocurre es que nos sentamos llenos de energía a escribir y lo que habíamos pensado que duraría un capítulo entero nos ocupa dos párrafos (también hablaremos de cómo espesar un argumento). ¿Y ahora qué? Teníamos la intuición de que, conforme escribiéramos, los personajes cobrarían vida y nos indicarían el camino, pero los muy ca***es no han dicho nada: esa magia de la que todos los escritores hablan no ha funcionado. ¿Pero no campaban por sus respetos los personajes y, poco menos, que decidían ellos qué pasaba? Entonces empieza la ronda de autopreguntas y los pensamientos flagelantes, del tipo: nunca serás un escritor; Pero ¿qué esperabas ……… —rellena con tu nombre—?, ¿que serías capaz?; Será mejor que aprenda a hacer punto, que al final al menos tendré un jersey…

También sucede que la conciencia se pone en marcha y nos recuerda todas esas actividades importantísimas, urgentísimas que es vital que hagamos antes que continuar con nuestra novela: limpiar los azulejos del cuarto de baño (incluso blanquear los intersticios); coserle el dobladillo al baby de la niña; empezar a leer el Ulises de Joyce, ¿cómo pretendo ser un escritor sin haberlo leído?; comprar un bolso nuevo o llamar a la abuela. ¿Te suena?

Superar el desaliento lleva más trabajo que sentarse a pensar sobre lo que queremos escribir. También es verdad que esto es un buen filtro para las verdaderas vocaciones. La selección natural actúa en este momento y es aquí cuando los escritores verdaderos tiran de cabezonería. Si son listos, en lugar de volver a darse testarazos contra la misma pared, dedicarán algo de tiempo a trazar, al menos, algunas líneas maestras para su historia.

Dibujar esa especie de mapa que es la sinopsis por capítulos, nos ofrece la posibilidad de recurrir a él en los momentos en los que la escritura se atasca, o se extravía por recovecos que hacen que perdamos el sentido y el objetivo de la narración. Te aseguro que cuando empezamos a escribir esos momentos pueden ser numerosos. A veces nos ponemos creativotes y creemos incluso que meter un extraterrestre en nuestra novela victoriana es un ejercicio experimental de p*** madre con el que pariremos un nuevo género. Este entusiasmo suele ceder pronto y la lucidez regresa. El peligro es que entonces, aburridos y exasperados, abandonemos la absurda idea, ¿en qué estaría yo pensando?, ¿escribir una p*** novela?

Cuando no tenemos experiencia en escribir novelas lo más lógico es que partamos de un plan previo, que hayamos pensado y anotado de qué vamos a hablar, qué necesitamos narrar, dónde y cuándo.

Seguro que has oído hablar de la distinción escritores de mapa o escritores de brújula. Los primeros son los que preparan de forma más o menos exhaustiva la planificación de la historia antes (y/o durante) de empezar la escritura. Los segundos son los que, a partir de una idea germinal (un personaje con un conflicto; una frase potente de comienzo; un desenlace…) tiran del hilo al mismo tiempo que escriben. La propia historia les orienta hacia el desenlace. Creo que solo se puede ser escritor de brújula y obtener buenos resultados cuando ya se tiene cierta experiencia o cuando somos de esos que dan asco.

Los demás mortales necesitamos tomar notas y sentarnos a pensar qué queremos contar y cómo lo vamos a hacer. En función de tu personalidad, de qué tipo de escritor seas, serás más o menos detallado con esta planificación. A veces el cuaderno que dedicamos a las notas de la planificación abulta más que la novela en sí. Otras veces tomamos esas notas, llenamos por completo ese cuaderno y no las volvemos a releer jamás. ¿Significa eso que hemos perdido el tiempo al diseñar? [button link=»http://www.youtube.com/watch?v=2ZubtDWbxeE» bg_color=»#2b6e9e» window=»yes»]Pincha para oir la respuesta[/button]

Al pensar y escribir esos pasos hemos conseguido conocer mejor la historia que late en nuestras cabezas. Se trata de eso. Al final, toda la información debe de estar bien asimilada en nuestros cerebritos para que la escritura surja fluida, de una pieza. Y para que seamos auténticos.

 Como bienvenida al blog os ofrezco un pequeño regalo. Si te suscribes a mi newsletter, recibirás lo que he llamado “Guía rápida para empezar a escribir una novela”. En ella encontrarás resumidos de una forma gráfica y clara los aspectos, en mi opinión, fundamentales para que traces un diseño básico de tu historia y que puedas arrancar con la escritura.

No lo dudes, ¡suscríbete! No tienes nada que perder.

 ¿Y tú que opinas? ¿Mapa o brújula? Cuéntanoslo en un comentario. Y si te ha gustado la entrada, ¡compártela!

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EL ESTILO I: 10 arreglos exprés para el estilo de tus narraciones

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En la entrada anterior, el maestro Mallorquí afirmaba que toda narración tiene tres pilares fundamentales: la prosa, la estructura y los personajes. Por supuesto, tiene más razón que un santo. Con esta entrada inauguro una serie en la que abordaremos distintas cuestiones sobre el estilo de nuestras novelas y/o relatos, con la intención de mejorarlos (claro está).

Empiezo por aquí por una razón práctica: un texto regular mejorará mucho solo con pulir los defectillos de prosa más evidentes. Incluso puede convertirse en pasable después de quitar la morralla.

La razón es un misterio para mí (tengo pendiente investigar sobre ello), pero cuando empezamos a escribir todos solemos caer en los mismos vicios de estilo. Es curioso. Los fallos de principiante en la escritura de narrativa abarcan muchos otros aspectos, pero los más llamativos quizá son los que afectan al estilo de la prosa. Habrá que preguntarle a Iker Jiménez por qué caemos casi todos en lo mismo. Resulta de veras inquietante que, siendo como somos los escritores, por lo general, buenos lectores, no nos demos cuenta de que en los libros publicados no suelen aparecer dichos fallos. Pero vamos al grano.

A continuación te ofrezco una lista con diez de estos vicios comunes. La idea es que pases el test a tus narraciones y detectes si caes en ellos. No hace falta que te flageles después, ya te digo que nos pasa a casi todos; basta con que lo corrijas. No están por orden de importancia: los he puesto como me ha apetecido.

  1. Adverbios en mente. Un clásico entre los clásicos. Supongo que el flagrante abuso de estas palabras tan largas y tan fastidiadas de decir a veces, obedece a dos factores: el primero es un exceso de celo por matizar y explicarlo todo hasta la saciedad. El segundo es la influencia de la lengua hablada. Al hablar empleamos estos adverbios para enfatizar con una frecuencia que asusta. Fijáos a partir de ahora: ya veréis como os entra la risa. Son palabras larguísimas que lastran el ritmo de las frases y que, por lo general, no aportan gran cosa. Hay libros de estilo de algunos medios que son tajantes: “Nº de adverbios en mente permitidos en los textos=0”. Yo no diría tanto. Pero, al peso, si hay más de un par de ellos por página, yo me mosquearía. Te animo a que hagas la prueba: bórralos de tu relato y léelo en voz alta. Apostaría a que sale ganando.

  1. De repente, de pronto. Si observamos bien la realidad repararemos en que todo sucede de pronto. Cuando suena el móvil, lo hace de repente. Si suena un portazo por un golpe de viento, no le queda otra que sonar de pronto. Aunque ya supieras que has quedado con tu novia a las diez, cuando sale del metro, lo hace de pronto. Y si te descuidas, te da un susto, la j**ía. Habida cuenta de esto, creo que es mucho mejor que reservemos estas expresiones para cuando queramos trasladar de veras ese matiz de sorpresa. (Por mucho que hacer sufrir a nuestros personajes sea lo suyo, el principal objetivo de una novela, que estén al borde del infarto porque todo les pase de sopetón es una crueldad como para denunciarla a la Haya).

  1. Gerundios. En la siguiente entrada sobre estilo hablaré de ellos con mayor largueza (y me quedaré como nueva). Sólo decir que los empleamos de forma incorrecta con una frecuencia inquietante también. Así que ojo con ellos. Si relees tu relato o capítulo y detectas que los usas mucho, no quiero ser agorera, pero es posible que tengas un problema, Houston.

  1. Puntos suspensivos. Narrar requiere aserciones, incluso cuando lo que expresamos son dudas. Los signos de puntuación contribuyen a facilitar la comprensión adecuada de los textos. Los puntos suspensivos se emplean cuando interrumpimos una frase, para sustituir al etcétera en una enumeración, para significar que un enunciado está incompleto, para indicar que ha habido un instante de vacilación… Hay muchos textos en los que el abuso de este signo de puntuación resulta llamativo, incluso a la vista al echar una ojeada a la página, que parece un formulario. Si ese es tu caso, te invito a que recapacites: ¿es tu personaje el que duda, o eres tú? ¿Por qué tanto miedo a usar el punto? ¿No te parece raro que todo sea dudoso, interrumpido, incompleto, etcétera, vacilante? En muchos casos, la duda debe estar expresada en el contenido. Y en todos, todos los casos, los puntos suspensivos son solo tres (…).

Un ejemplo: ¿De verdad hay alguna diferencia de significado entre las dos oraciones siguientes? Razona tu respuesta.

“—No sé qué decirte —dijo Silvia.”

“—No sé qué decirte… —dijo Silvia.”

  1. Notar. El excesivo uso del verbo notar es otro de los signos de inexperiencia o de falta de sensibilidad verbal. Muchas veces no nos damos cuenta de que lo importante es lo que el personaje nota, y no el acto de notar en sí. La percepción es algo que sencillamente ocurre, de modo involuntario, gracias a los órganos de los sentidos. Es común que cuando al personaje se le acelera el pulso, lo que encontremos escrito sea que fulanito notó cómo su pulso se aceleraba; o que si María recibe un piropo del chico que le gusta, en lugar de ponerse roja, como nos sucede a todas, ella note como empezaba a ponerse colorada.

  1. Sobremanera. Uno de los vicios en el que todos hemos caído al empezar a escribir es querer dar un tono grandilocuente a nuestra prosa. Debe de haber un duende cab**n que nos dice al oído cuando empezamos que lo que va escrito tiene que ser solemne, y que la solemnidad requiere palabros. Es algo empírico: he observado que un síntoma claro del contagio de este virus es la aparición reiterada del adverbio sobremanera. Si en tus textos aparece con pertinacia, míratelo. Pregúntate si albergas esa falsa creencia. Y luego, piensa si Eduardo Mendoza, Salinger, Matute o Hemigway, que son los que me han venido a la cabeza ahora, no son literarios, a pesar de su escasa solemnidad.

  1. Adjetivo + sustantivo. Otro gran misterio es por qué las expresiones suenan mucho más rimbombantes cuando el adjetivo se antepone al sustantivo al que califica. Y, de nuevo, por qué lo rimbombante nos parece más literario. Como todos sabemos, hay muchas ocasiones en las que situar el adjetivo antes o después del sustantivo cambia el significado. Ok. Pero hazme caso: si compruebas que tus adjetivos tienden a colocarse siempre antes del sustantivo, prueba a ponerlos detrás. El tono se rebajará y es posible que la lectura cambie (a mejor, es la idea).

  1. Binomios y trinomios. El exceso de adjetivos es otra de las costumbres en las que caemos cuando somos principiantes. Todavía se nota más aún cuando, por sistema, a cada sustantivo le encalomamos su correspondiente adjetivo. Es común también que si cojeamos de este pie, no nos baste con añadir uno solo, o un par de ellos, cómo no, antepuestos al nombre (Ver punto 7), sino que también nos parece necesario ponerle otro después. Las azules tardes nacaradas; el dulce café caliente; el misterioso secreto susurrado. O lo que es lo mismo: el dulce y caliente café; las azules y nacaradas tardes; el misterioso y susurrado secreto. ¿Hay algo de esto en tu narración? Entonces tienes buenas razones para sospechar que es probable que sucedan tres cosas: que cualquier lector sabrá que eres principiante en el primer párrafo; que pensará que la prosa es cansina y que, entre tanto adjetivo, es posible que ya no sepa de qué estás hablando.

  1. Las muletillas, las expresiones vacías. Cada cual tenemos las nuestras, y con todo el derecho, oiga. Podemos decir lo que nos dé la gana. Pero en nuestras narraciones la cosa cambia. Se presupone una excelencia (¿oigo risas enlatadas?), quizá una intención estética, artística. Cuidado si tus personajes, cuando no pretendes que sean coloquiales, responden a menudo con giros del tipo: la verdad es que (sí/no, whatever…); ¡madre mía!; tonto no: lo siguiente; para nada; hasta donde yo sé; de alguna manera… También puedes preocuparte si detectas muchas de estas en el discurso de tus narradores. Vale, sí: las empleas como un recurso para coloquializar. Pero, ¿seguro que todas, todas, todas? (Nota: la próxima semana hablaremos de la autocrítica).

  1. Los esquemas repetitivos. Sobre todo en el comienzo de los párrafos. Vigila si cada vez que pones un punto y aparte tiendes a empezar con esquemas parecidos. Ejemplos clásicos: De pronto; Al día/tarde/noche siguiente; después de… La jugada completa, jugada Comansi: empezar por adverbio en mente o por gerundio. Estando ellos allí; Inesperadamente… 

De verdad, os lo juro: nuestras historias limpias de todo lo anterior ganan bastante.

Y por si habéis tenido poco, otras dos recomendaciones de propina, que no son de estilo exactamente, sino de técnica:

  • Saltos de tiempo verbal. Es muy común que empecemos a escribir en presente y saltemos sin darnos cuenta al pasado, para regresar al presente en cualquier momento. Lo más conveniente para que el discurso del narrador sea sólido es unificar el tiempo verbal.

  • Saltos de narrador. Otro fallo muy típico de los comienzos es que nuestro narrador en tercera persona se encuentre, de repente, convertido en protagonista y narrando en primera. Conviene definir qué narrador vamos a emplear y mantenerlo. Hay novelas polifónicas, en las que combinamos distintas voces, sí, vale, pero no a eso a lo que me refiero…

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Más adelante ya veremos más sobre qué hacer con eso. Por ahora basta con que pases el escaner a tu estilo y detectes si caes en alguno de ellos.

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LO IMPORTANTE ES LA VIDA

 

Aunque os recomiendo que veáis el video, hago un resumen de los diez consejos:

  1. Pregúntate por qué quieres escribir. La respuesta te mostrará qué tipo de escritor eres.

  2. Lee mucho (pero analizando lo que lees). Escribe mucho.

  3. Aprender a encestar: estar dispuesto a desechar lo malo.

  4. Copiar los buenos recursos de otros escritores (no los argumentos, ojo).

  5. Ir poco a poco.

  6. Trabajar en las tres columnas fundamentales de toda buena novela: la prosa, la estructura narrativa y el diseño de personajes.

  7. Corrige, corrige, corrige. Y, después, corrige.

  8. La prueba de los otros: pásalo a gente de confianza.

  9. Persevera.

  10. Prepárate a aceptar que no eres escritor: lo importante es la vida.

Traigo estos diez consejos del maestro Mallorquí porque me parecen imprescindibles. Sobre todo el último, que yo pondría el primero: lo importante es la vida. Aunque no es ese exactamente el consejo, sino que uno debe de estar preparado para aceptar que no es escritor.

Ya sé que es tergiversar un poco el mensaje de Mallorquí, pero aunque todos soñemos cuando empezamos a escribir con convertirnos en reconocidos, afamados (y ricos) escritores, creo que sabemos que somos hormiguitas obreras y que lo que importa es el día a día. Salvo algún megalómano con problemas que exceden este pobre blog, no creo que haya mucha gente que empiece a tocar la guitarra con la idea de que o es Paco de Lucía, o nada: a tomar por culo la bicicleta.

Insisto en que no quiero llevar la contraria, solo añadir que escribir es vivir también. Y una obviedad: que es imposible tener nada interesante que decir si no se vive, antes o durante.

Para todos los que soñamos con ser escritores profesionales este alegato a favor del realismo, de no obsesionarse y no poner todos los huevos en la misma cesta, que decía mi abuela, nos viene al pelo. Hay que saber aceptar las negativas, los rechazos. Aprender a tolerar la frustración. Y llegado el momento, por qué no, puede ser necesario que aceptemos que el sueño no se cumplirá. Escribir exige soledad, retiro: ese es el peligro. Que el sueño nos aísle y nos convierta en seres huecos, rellenos de letras que no dicen nada, seguramente desgraciados.

Así que opino que en el fondo ambas cosas están comunicadas: si vivimos no nos será tan difícil aceptar que una parte de nuestros sueños no se cumplan. Y, aún así, es posible que escribir siga siendo un acto placentero, profundo y enriquecedor. (Lo mismo que pintar, que bailar, que tocar el piano, que apuntarse a un grupo de teatro o que jugar al tenis…).

Así que me tomo la libertad de poner en primer lugar ese último consejo: primero hazte consciente de que estás viviendo. Aprovecha las oportunidades, vívelas, y anota en tu mente los detalles hasta que puedas sentarte a escribir. O lleva ese cuadernito imprescindible. Pero vive. Primero vive.